Los Trabubus son una especie de gnomos que habitan en nuestras entrañas. Se cuidan de ellas cuando nosotros somos incapaces de hacerlo o estamos demasiado dolidos para hacerlo bien. Para que nos entendamos, los Trabubus son a nuestras entrañas como los jugos gástricos a la digestión, pero en este caso, de emociones y sentimientos.
En condiciones óptimas pasan totalmente desapercibidos, son silenciosos y sólo apestan cuando están enfermos. Llegado este punto es importante saber que los Trabubus no tienen una longevidad estimada, viven hasta que la rabia o la impotencia les corroe viendo como el humano en el que habitan se resiste a la sanación.
Esto es prácticamente todo lo que se sabe de ellos. La mayoría de los humanos desconoce de su existencia, y los otros, los que han oído hablar suelen optar por hacer ver que no existen alegando que son fruto de sus propias fantasías (o de una subida de temperatura), o bien, los menos, deciden escucharlos e intentar que no se "enfurezcan" en exceso. En resumen, si no has oído hablar antes de Trabubus, buena señal, puesto que sólo somos capaces de sentirlos cuando la situación es realmente insostenible.
Yo supe de ellos por primera vez antes de verano. Mantenían una controvertida reunión en el centro estratégico que situaron en mis entrañas. La verdad es que ahora, recordando los días anteriores, debo reconocer que estuve tiempo intentando ocultar sus señales. Me dolía el estómago, apenas tenía hambre y tragaba cantidades anormales de agua…
No tomé la decisión hasta un miércoles por la tarde. Estaba sentada en el sofá de mi terapeuta y de pronto un ardor de estómago hizo que mis manos corrieran hasta mi estómago para sujetarlo con fuerza intentando calmar los temblores que, lo supe después, provocaban centenares de Trabubus agitados, saltando y gritando en mi interior, sin hacerse entender y cada vez más enfadados.
Para que puedas visualizar la sensación debes pensar en un lugar oscuro y húmedo, en el que centenares de seres verdes, marrones y rojos saltan con tanta furia que podrían fácilmente abrir un surco al estilo del volcán más agresivo. Sí, eso es, un agujero al que todos se resisten a caer y que desprende aún más calor que una muchedumbre histérica…
Todos gritan, ahora asustados, por perder su vida., porqué en ese momento ya nada depende de ellos. Todo está en manos del humano en el que les tocó habitar. Así que tenemos dos opciones: escucharlos o auto convencernos que se trata de un dolor de estómago como otro cualquiera.
Yo decidí que no podía ocultármelo más y que necesitaba verlos, escucharlos y afrontar la situación y milésimas de segundo después de que mi mente susurrase esa respuesta, un sabor ácido ocupaba mi garganta. Podía sentir cómo algunos de los Trabubus habían empezado a enfermar y cómo otros caían al agujero de calor y también como otros, los más, se apartaban del calor formando un círculo de varias filas en el que a penas podían distinguirse sus cabecitas.
Se calmaron un poco, o mejor dicho, de pronto dejaron de chillar.
Yo seguía con las manos en la tripa y con la mirada en blanco perdida en mi vida interior y pronto pude ver como un Trabubu subía por el interior de mi cuello hasta colgarse de mi nuez. Intentaba sostener una especie de piedra gris que amenazaba con obstruir la entrada de mi estómago, por supuesto, chafando a los Trabubus que seguían allí.
El pequeño gnomo no parecía preocupado, quizá porqué estaba totalmente concentrado en su tarea: ¿empujar la piedra? Tampoco parecía importarle que el resto de Trabubus ignorasen su decisión.
A ratos, el Trabubu-responsable descansaba para tomar un poco de aire del que pasaba aún por los pequeños huecos que había entre la piedra y la nuez.
Aún no sé muy bien cómo pero el dolor de mi estómago empezó a calmarse y fue así como pude empezar a atender al Trabubu solitario. Él también parecía un poco más relajado. A ratos, incluso abría sus brazos como si fuesen alas intentando coger el poco aire que entraba.
Intenté fijarme en su rostro pero sólo conseguí reconocer una manchita marrón ocupando el ascenso de mi interior. Tampoco hablaba ni emitía ningún sonido.


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