Mi hijo Nacho, a sus tres años, tenía una mascota de peluche de la que era inseparable: su loro Paco. Dormía con él, lo llevaba de viaje, le servía para consolarse de la ajetreada vida propia de su edad.
Desgraciadamente, un día se cumplió el vaticinio budista de que todo lo que existe es impermanente y Paco desapareció olvidado en la oficina de una entidad bancaria. Salvamos la noche (relativamente) explicándole a Nacho que Paco se había quedado a dormir en casa de un amigo suyo. A la mañana siguiente recorrí Barcelona entera (¡lo juro!) buscando un loro de peluche igual que Paco—que, por desgracia, provenía de una tienda de Tenerife. Imposible.
Puedo asegurar que vi animales de peluche con los que nunca hubiese imaginado que un niño se pudiese encariñar, desde dobermans con aspecto de asesinos en serie hasta peludas tarántulas amazónicas… pero nada de alegres loros multicolores con la forma y el tamaño de Paco. De hecho, yo mismo empezaba a experimentar síntomas de duelo por el loro.
A base de tanto buscarlo su pérdida parecía más irreparable de lo que había imaginado. Cuando ya desesperaba y regresaba abatido y preparado para contener el llanto amargo del doliente Nacho, encontré en una juguetería al lado de casa un pingüino con la misma forma y tamaño que Paco sólo que, claro, blanco y negro.
Lo compré, lo escondí bajo un almohadón y le expliqué a Nacho que su lorito había ido a ver a unos primos del Polo Norte y se había quedado a dormir allí. Paco había rechazado irreflexivamente una manta que le ofrecían para dormir en el iglú, y de tanto frío como había pasado había perdido sus colores tropicales y se había quedado todo blanco. Ahora había vuelto a casa, pero le daba tanta vergüenza que Nacho lo viese de color blanco que se había escondido bajo el almohadón. Al levantarlo, Nacho estalló en risas de sorpresa y alegría al encontrar a Paco transmutado en pingüino.
Desde entonces, según la perspectiva de Nacho, Paco pertenece a una especie ornitológica peculiar: los loropingus. 
Cada vez que rememoro en esta experiencia le descubro nuevos significados e implicaciones, pero en este caso quiero resaltar dos: (1) en la vida no nos basta con un nuevo peluche, necesitamos una nueva historia, y (2) la credibilidad de algunas historias no depende sólo de su verosimilitud, sino del amor con que se narran.
Puede ser que la condición posmoderna nos haya hecho conscientes de la transitoriedad de nuestros "peluches" favoritos, pero también nos ha revelado el poder constitutivo de las narrativas de las que éstos forman parte. Así mismo, puede que nos haya hecho ver que el fundamento de nuestras creencias no reside en una Verdad Absoluta que las garantice, despertándonos del sueño de la razón ilustrada (el que, según Goethe, "produce monstruos"). Con todo, nos ha resituado en el dominio de lo que es más esencialmente humano: las relaciones que constituimos entre nosotros y las realidades (con minúscula) contingentes a nuestras prácticas discursivas.
Extraído de Pensamiento Posmoderno Constructivo y Psicoterapia © 1999 Luis Botella, Meritxell Pacheco y Olga Herrero


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