
Creo que ya sé lo que busco... que sé qué es lo que espero encontrar... bueno, almenos sé que quiero buscar algo, eso si es así.
El otro día vi las paredes y ayer casi me resbalo en el pantanoso suelo verde.
Ahora mismo tengo un montón de ideas mezcladas que no sé dónde colocar. De hecho, prefiero no pensar en ordenarlas aún. Mi cabeza va demasiado deprisa y podría no acertar, y aunque así fuese, si acertase no estaría saboreando el camino... y este es sólo de ida, no hay vuelta atrás.
Sigo mirando el suelo. Creo que lo haré por un largo rato.
He visto mis pasos marcados en forma de manchas de color blanco. Se ve perfectamente que son mis zapatos y detrás, otros: mi sobra y mis miedos protegiéndome de mi misma.
El dibujo que queda tocando la puerta es un poco más borroso. Parece que alguién salió con prisas.
Pero volvamos a la imagen, al regalo, a lo que sobrevivió: esas alas de mariposa, de hada de cuento de hadas, de mi cuento, de mi vida.
Aún sigo intentando recordar cuándo fue a parar a mis manos, cuando aclaró su bola de cristal, cuando me mostro sus colores, cuandó se dejó acariciar.
Salí con una pequeña ninfa en las manos. Sobrevivió en la habitación de los descuidos, de las tareas pendientes, del pantano en el suelo, de las humedades, de los llantos, de lo gris y de lo oscuro...
Había estado allí todo el tiempo sin quejarse demasiado alto, susurrándome al oído que quería ver la luz exterior, que no me haría daño...
Ahora hay otra esperanza a la que agarrarse: que esa pequeña duendecilla pierda el miedo y rompa su burbuja de nieves, que salga y respire y grite y revolotee bajo el sol mientras ensaya cómo se extienden sus alas.


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