Ayer recordé que en casa había una habitación cerrada. La verdad es que no recuerdo cuando se cerró la puerta, ni si fue un golpe de aire o fui yo quién la cerró, pero ayer me acordé.
Tuve un invitado preguntón. Sí, de esos que entran y pretenden conocerlo todo de ti, de los que te interrogan sobre dónde compraste ese cuadro y porqué pintaste esas tres paredes de color lila.
Entró en casa y se paró en medio del pasillo. Miró la puerta por un segundo y siguió su paso hasta la salita de estar. La verdad es que en ese momento no me fijé en su gesto. Ni tan solo reparé en la puerta.
Estuvimos charlando un rato. De todo y de nada porqué es de esa gente que nunca te dice lo que quiere de ti, en el fondo, creo, porqué sabe que se lo acabarás dando.
Al cabo de casi una hora nos despedimos, y al deshacer el pasillo, se paró de nuevo delante de la puerta.
¿Puedo? - Preguntó - Y yo no supe qué contestar.
Si soy sincera no recordaba qué había detrás de la puerta, nada, absolutamente nada de lo que había ido dejando allí dentro. La situación me incomodó pero antes de que me diese tiempo a pensar si quería entrar allí o no, la puerta se abrió.
Quedé perpleja, sentada en el suelo con la boca abierta y los ojos llorosos de angustia. Tuve, en pocos segundos, la mayor sensación de desesperación y vergüenza que había sentido jamás.

Primero me enfadé conmigo misma por haber dejado que todo decayera así, por haber permitido más notas de las que yo podía responder, y por haberlas guardado, también por haberme ocultado tantas tareas pendientes conmigo misma mientras intentaba resolver todo lo demás, y sobretodo, por haber olvidado que todo eso nunca había dejado de estar allí: Mi caos.


Escribe un comentario