Hace días que pienso en escribir sobre esto: la rutina de mi camino hacia mi rutina diaria.
Trabajo muy cerquita de la Pedrera así que cada día salteo vehículos y semáforos cruzando la calle Mallorca de principio a fin.

Para los que conozcan Barcelona, más o menos a midad de camino, está la Sagrada Familia. Para mi este punto es importante porqué hasta hace tres años aproximadamente (cuando empecé a trabajar en esta "oficina") ir a visitar el Templo era un ritual de memoria familiar.

Mi bisabuelo se encargó de eso (y de mucho más)...
Yo era tan pequeña que para mi íbamos a visitar la "fabada familia". Aún no había nacido mi hermano y él tenia fuerza suficiente como para llevarme a dar comida a los patos, explicarme cosas de Gaudí que ahora ya no recuerdo y carretear con mis patines durante horas para que yo, su (bis)nieta, me los pusiera dos segundos en la placeta de cemento que había justo enfrente de la fachada principal.

De él recuerdo muchas cosas pero una de las que más repican en mi memoria son sus ganas de pasear conmigo y de repetir rituales, porque al fin y al cabo, siempre hacíamos lo mismo: Lago de patos en el parque de la Ciutadella, Lago de patos y patines en la Sagrada Familia; y patines y regalos* en el parque Güell.

Todo esto lo explico porqué sigo pasando por delante de la Sagrada Família, pasando por delante...

En los 15 minutos que tardo en llegar al trabajo no tengo tiempo para abrir los ojos y mirar hacia arriba (a no ser que se ponga rojo el semáforo). Tampoco están los patos ni la plaza de cemento dónde me caía y sin embargo, su recuerdo sigue ahí.

Hoy paré en el cruce de la fachada posterior. Iba con mi compañero y él se quedaba en el metro. No tubimos tiempo ni para un beso "de hasta luego".

En la Sagrada Familia existen dos ritmos de tiempo: el suyo que me devuelve mi infancia, y el de ahora, que ya no me permite casi nada...

* visitábamos el Cotolengo para dejar ropa y juguetes que ya no usábamos...