A veces, no entiendo muy bien porqué, pero un manto húmedo y grisáceo rodea mi cuerpo y se apodera de mi ser. entristece mis ojos hasta llenar de neblina mi mirada. roza mi piel hasta irisarme los poros e inmovilizar mis labios. me para. me inmoviliza.

entonces pienso que son muchas las veces que no sabemos quienes somos ni dónde estamos. que no somos nada o que sólo eso. nada importante ante la inmensidad de la gran nada.

me confundo y quizá sea esa misma pérdida, esa búsqueda sin resultado la que acabe por dar rienda suelta a los sentimientos mudos que tan extraños, acaban por parecer ajenos a nuestro propio ser.

¿se puede estar triste y saberse dichoso al mismo tiempo? ¿se puede tener todo y sentirse ingrato?

a veces no entiendo cómo lo hicieron otros para sobrevivir a lo que se nos acontece. pienso que no podré seguir hasta el final sabido. que alguien confundió el lugar de la meta final. pero no.

seguimos en los raíles de ese tren fortuito que nos hizo nacer a unos aquí y a otros lejos... como en otro mundo... y no se para la marcha. ni de día ni de noche.

¿cuántas veces has sentido la necesidad de descansar y la cabeza impera sobre tus manos y las hace escribir hasta altas horas de la madrugada? en un impulso acabas por sacrificar la punta del hasta entonces aliado y arrugas con una fuerza inexplicable el papel que contiene tus últimas lágrimas.

a veces, es mejor dejar pasar el tiempo.

y rendirse a los sueños, a los deseos que jamás serán realidad por no perder su magia.

y pensar que uno es otro, vestirse con palabras amables y una leve sonrisa y pasar desapercibido ante los otros tristes, insatisfechos y derrotados transeúntes pasajeros...