
Creo que ya sé lo que busco... que sé qué es lo que espero encontrar... bueno, almenos sé que quiero buscar algo, eso si es así.
El otro día vi las paredes y ayer casi me resbalo en el pantanoso suelo verde.
Ahora mismo tengo un montón de ideas mezcladas que no sé dónde colocar. De hecho, prefiero no pensar en ordenarlas aún. Mi cabeza va demasiado deprisa y podría no acertar, y aunque así fuese, si acertase no estaría saboreando el camino... y este es sólo de ida, no hay vuelta atrás.
Sigo mirando el suelo. Creo que lo haré por un largo rato.
He visto mis pasos marcados en forma de manchas de color blanco. Se ve perfectamente que son mis zapatos y detrás, otros: mi sobra y mis miedos protegiéndome de mi misma.
El dibujo que queda tocando la puerta es un poco más borroso. Parece que alguién salió con prisas.
Pero volvamos a la imagen, al regalo, a lo que sobrevivió: esas alas de mariposa, de hada de cuento de hadas, de mi cuento, de mi vida.
Aún sigo intentando recordar cuándo fue a parar a mis manos, cuando aclaró su bola de cristal, cuando me mostro sus colores, cuandó se dejó acariciar.
Salí con una pequeña ninfa en las manos. Sobrevivió en la habitación de los descuidos, de las tareas pendientes, del pantano en el suelo, de las humedades, de los llantos, de lo gris y de lo oscuro...
Había estado allí todo el tiempo sin quejarse demasiado alto, susurrándome al oído que quería ver la luz exterior, que no me haría daño...
Ahora hay otra esperanza a la que agarrarse: que esa pequeña duendecilla pierda el miedo y rompa su burbuja de nieves, que salga y respire y grite y revolotee bajo el sol mientras ensaya cómo se extienden sus alas.
servido por Noemí
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Ayer recordé que en casa había una habitación cerrada. La verdad es que no recuerdo cuando se cerró la puerta, ni si fue un golpe de aire o fui yo quién la cerró, pero ayer me acordé.
Tuve un invitado preguntón. Sí, de esos que entran y pretenden conocerlo todo de ti, de los que te interrogan sobre dónde compraste ese cuadro y porqué pintaste esas tres paredes de color lila.
Entró en casa y se paró en medio del pasillo. Miró la puerta por un segundo y siguió su paso hasta la salita de estar. La verdad es que en ese momento no me fijé en su gesto. Ni tan solo reparé en la puerta.
Estuvimos charlando un rato. De todo y de nada porqué es de esa gente que nunca te dice lo que quiere de ti, en el fondo, creo, porqué sabe que se lo acabarás dando.
Al cabo de casi una hora nos despedimos, y al deshacer el pasillo, se paró de nuevo delante de la puerta.
¿Puedo? - Preguntó - Y yo no supe qué contestar.
Si soy sincera no recordaba qué había detrás de la puerta, nada, absolutamente nada de lo que había ido dejando allí dentro. La situación me incomodó pero antes de que me diese tiempo a pensar si quería entrar allí o no, la puerta se abrió.
Quedé perpleja, sentada en el suelo con la boca abierta y los ojos llorosos de angustia. Tuve, en pocos segundos, la mayor sensación de desesperación y vergüenza que había sentido jamás.

Primero me enfadé conmigo misma por haber dejado que todo decayera así, por haber permitido más notas de las que yo podía responder, y por haberlas guardado, también por haberme ocultado tantas tareas pendientes conmigo misma mientras intentaba resolver todo lo demás, y sobretodo, por haber olvidado que todo eso nunca había dejado de estar allí: Mi caos.
servido por Noemí
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