Publicidad:
La Coctelera

Con ojos de... MIAU

(aunque entendemos cualquier otro modo de expresión humana)

Categoría: ¡Me pido el sofá!

29 Mayo 2006

Que, que, qué ; )

Que sepas que no te olvido, que aunque no nos veamos, te escucho, que me río sola cuando recuerdo tus gestos extraños, que me enternece pensar que me despierto a tu lado.

Recuerda que sigo aquí, que estoy esperando a que vuelvas a prestarme tu dedo para que podamos seguir paseando, esta vez sin despistarnos...

Necesito que saber que te recuerdas de nos

Tags: recuerdos, gestos, tu

servido por Noemí sin comentarios compártelo

26 Mayo 2006

servido por Noemí sin comentarios compártelo

5 Mayo 2006

Una seta es...

servido por Noemí 6 comentarios compártelo

4 Mayo 2006

Cuento tradicional Zen

—Vengo a verle, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

 —Cuánto lo siento, muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después… —y haciendo una pausa agregó—: si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver mi problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
 —E…encantado, maestro —titubeó el joven, pero sintió que de nuevo era minusvalorado y sus necesidades postergadas.
 —Bien, —asintió el maestro. Se quitó el anillo en el dedo pequeño, y dándoselo al muchacho, agregó—: toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le volvían la cara y sólo un anciano fue tan amable como para explicarle que una moneda de oro era demasiado para entregarla a cambio de un anillo como ése.

En afán de ayudar, alguien ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el camino, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

 —Maestro —dijo—, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al valor del anillo.
 —Qué importante lo que dijiste, joven amigo, —contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no te importe lo que ofrezca, ¡no se lo vendas!. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

 —Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender YA, no puedo dar más de 58 monedas de oro por su anillo.
 —¡58 monedas! —exclamó el joven.
 —Sí —replicó el joyero—, yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé…. si la venta es urgente…le daré 58 .

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

 —Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo.
 —Tu eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Qué haces pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.

Todos somos como esta joya, valiosos y únicos, y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.

Cuento tradicional Zen. Extraído de La casa giratoria.

servido por Noemí sin comentarios compártelo

28 Abril 2006

Time out

Hace días que pienso en escribir sobre esto: la rutina de mi camino hacia mi rutina diaria.
Trabajo muy cerquita de la Pedrera así que cada día salteo vehículos y semáforos cruzando la calle Mallorca de principio a fin.

Para los que conozcan Barcelona, más o menos a midad de camino, está la Sagrada Familia. Para mi este punto es importante porqué hasta hace tres años aproximadamente (cuando empecé a trabajar en esta "oficina") ir a visitar el Templo era un ritual de memoria familiar.

Mi bisabuelo se encargó de eso (y de mucho más)...
Yo era tan pequeña que para mi íbamos a visitar la "fabada familia". Aún no había nacido mi hermano y él tenia fuerza suficiente como para llevarme a dar comida a los patos, explicarme cosas de Gaudí que ahora ya no recuerdo y carretear con mis patines durante horas para que yo, su (bis)nieta, me los pusiera dos segundos en la placeta de cemento que había justo enfrente de la fachada principal.

De él recuerdo muchas cosas pero una de las que más repican en mi memoria son sus ganas de pasear conmigo y de repetir rituales, porque al fin y al cabo, siempre hacíamos lo mismo: Lago de patos en el parque de la Ciutadella, Lago de patos y patines en la Sagrada Familia; y patines y regalos* en el parque Güell.

Todo esto lo explico porqué sigo pasando por delante de la Sagrada Família, pasando por delante...

En los 15 minutos que tardo en llegar al trabajo no tengo tiempo para abrir los ojos y mirar hacia arriba (a no ser que se ponga rojo el semáforo). Tampoco están los patos ni la plaza de cemento dónde me caía y sin embargo, su recuerdo sigue ahí.

Hoy paré en el cruce de la fachada posterior. Iba con mi compañero y él se quedaba en el metro. No tubimos tiempo ni para un beso "de hasta luego".

En la Sagrada Familia existen dos ritmos de tiempo: el suyo que me devuelve mi infancia, y el de ahora, que ya no me permite casi nada...

* visitábamos el Cotolengo para dejar ropa y juguetes que ya no usábamos...

servido por Noemí sin comentarios compártelo

25 Abril 2006

A veces

A veces, no entiendo muy bien porqué, pero un manto húmedo y grisáceo rodea mi cuerpo y se apodera de mi ser. entristece mis ojos hasta llenar de neblina mi mirada. roza mi piel hasta irisarme los poros e inmovilizar mis labios. me para. me inmoviliza.

entonces pienso que son muchas las veces que no sabemos quienes somos ni dónde estamos. que no somos nada o que sólo eso. nada importante ante la inmensidad de la gran nada.

me confundo y quizá sea esa misma pérdida, esa búsqueda sin resultado la que acabe por dar rienda suelta a los sentimientos mudos que tan extraños, acaban por parecer ajenos a nuestro propio ser.

¿se puede estar triste y saberse dichoso al mismo tiempo? ¿se puede tener todo y sentirse ingrato?

a veces no entiendo cómo lo hicieron otros para sobrevivir a lo que se nos acontece. pienso que no podré seguir hasta el final sabido. que alguien confundió el lugar de la meta final. pero no.

seguimos en los raíles de ese tren fortuito que nos hizo nacer a unos aquí y a otros lejos... como en otro mundo... y no se para la marcha. ni de día ni de noche.

¿cuántas veces has sentido la necesidad de descansar y la cabeza impera sobre tus manos y las hace escribir hasta altas horas de la madrugada? en un impulso acabas por sacrificar la punta del hasta entonces aliado y arrugas con una fuerza inexplicable el papel que contiene tus últimas lágrimas.

a veces, es mejor dejar pasar el tiempo.

y rendirse a los sueños, a los deseos que jamás serán realidad por no perder su magia.

y pensar que uno es otro, vestirse con palabras amables y una leve sonrisa y pasar desapercibido ante los otros tristes, insatisfechos y derrotados transeúntes pasajeros...

servido por Noemí sin comentarios compártelo

25 Abril 2006

Quizá

Quizá sean cosas mías pero tengo la extraña sensación que muchas de las cosas que hacemos son por miedo a ser de otra manera. A que los demás nos vean como somos e incluso a que se vean en lo que hacemos…

Cada día tomamos cien decisiones que trascendentes o no en ese momento deciden parte de nuestro destino y el de los más allegados. Conscientes o no de su trascendencia me pregunto hasta que punto he tomado esas decisiones mías, y cuántas veces las tomé empujada por otras que alguien tomo antes que yo, cuántas otras las tomé para no herir a alguien y cuántas lo hice porqué simplemente, creí que era lo correcto.

servido por Noemí 2 comentarios compártelo


Sobre mí

Avatar de Noemí

Con ojos de... MIAU

Barcelona, España
ver perfil »
contacto »
MIAU es Noe y es Nina (aunque no siempre por este orden).
Mientras una escribe la otra ronronea para que deje de hacerlo, se aparte del ordenador y le haga un buen rincón bajo las mantas del sofá...

A veces se cambian los papeles (aunque a la segunda, las teclas le gustan más como reposa patas).





Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Fotos

Noemí todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?